#AnimarseAMarx

Por Marina Cardelli y Nahuel Sosa*

Hace doscientos años nació el que dijo que los explotados no tenían nada que perder excepto sus  cadenas. Cuando murió, su amigo de la vida entera dijo algo hermoso ante su tumba: “dejó de pensar el más grande pensador de nuestros días (...)Y ha muerto venerado, querido, llorado por millones de obreros de la causa revolucionaria, como él, diseminados por toda Europa y América, desde la minas de Siberia hasta California”.

Quién pudiera ser amado o amada, desde Siberia hasta California por todos los que sufren, por todas las que luchan. Pocos hombres -y muchas menos mujeres- tuvieron ese alcance y esa trascendencia. Quizás porque Marx se metió con el mundo entero, con la injusticia entera, con todos los alcances de la violencia, con todos los sueños de redención y de libertad jamás soñados. Qué vengan de a uno, de a una, quienes tengan para decir que no es el más grande de los últimos siglos: hoy le rendimos homenaje por tres simples razones.

flyer-marx
  1. Porque nos enseñó a mirar donde no se ve. Marx encontró el fundamento de la explotación: el mundo funciona por y para la acumulación privada -cada vez en menos manos- del trabajo social -de cada vez más pueblos. Con fenomenales transformaciones desde el siglo XIX hasta hoy, después de haber experimentado incontables estrategias políticas y haber visto nacer y morir etapas de menor a mayor concentración y, finalmente, transnacionalización del capital, esa realidad fundamental, que organiza la violencia y desorganiza la vida de los más débiles sigue vigente. Está ahí, irrefutable: las críticas abundan, pero ella cae por su propio peso, siempre parada, como los gatos y los poderes económicos.

Marx nos enseñó a mirar lo que no se ve, a comprender que el mundo no se puede transformar sin conocerse, y que la única razón para conocerlo es transformarlo. Animarse no es repetir un manual. No es cuestión de describir un conjunto de fenómenos y  aplicar de forma mecánica y abstracta las premisas marxistas. Más bien se trata de asumir la tarea de tener un compromiso real con el pensamiento crítico desde esas bases, desde ese gesto de mirar lo que no se deja ver. El mismo gesto que tuvieron las feministas cuando dijeron que detrás del trabajo remunerado de los varones -por debajo de su valor- en el capitalismo, estaba el trabajo no remunerado de las mujeres; es decir, que a la división social fundamental que permite la explotación, se paraba sobre una división sexual. Miraron todavía más, miraron todavía mejor.

Quienes optamos por construir un quehacer político emancipador y un pensamiento crítico que nos permita enfrentar con éxito las batallas del siglo XXI, no podemos dejar de preguntarnos: ¿Qué hacer hoy para transformar el mundo? Pensar y repensar qué diría Marx de los fenómenos políticos y económicos de este siglo es un ejercicio que -como mínimo- permite correrse de la temporalidad hiperquinética y vertiginosa que nos impone este neoliberalismo recargado. ¿Cómo son los nuevos modos de acumulación de riqueza en el planeta? ¿Cómo son los trabajadores de esta etapa del capitalismo? ¿Qué cosas de las que no se dejan ver tenemos que empezar a mirar?

  1. Porque nos mostró el carácter contradictorio de la sociedad. Marx nos enseñó muy bien que no se trataba de ponerse de acuerdo. De poner un granito de arena, ni de hoy por tí y mañana por mí. Las acciones sociales defienden intereses y los intereses de la burguesía se oponen a los de las grandes mayorías: la felicidad del pueblo es imposible en el capitalismo, porque se trata de que unos pocos se apropien de las posibilidades de vivir con dignidad de todo el resto. Burgueses, oligarcas, empresarios, Ceos, poderosos, malos, elites: les podemos llamar como más nos guste, pero no hay tu tía. Mil intentos de humanizar al capitalismo han pasado, seguirán pasando. La lucha de clases existe, nos guste más, nos guste menos, y nuestra tarea es comprender su dinámica para que ganemos los trabajadores, las trabajadoras, los explotados, las olvidadas.

Recordar eso en el siglo XXI vale oro: vivimos tiempos donde se producen cada vez más bienes materiales y simbólicos mientras que cada vez se necesitan menos trabajadores y trabajadoras para hacerlo, pero con niveles cada vez más intensos de explotación. La clase trabajadora se concentra principalmente en el sector de servicios  y el capital financiero es el principal protagonista de esta nueva fase, dejando en un segundo plano al capital industrial. Incluso descubrieron que ganan más dinero en la fase del consumo que en la de la producción (todas identificadas por Marx). La tendencia creciente a la transnacionalización y concentración del capital configura un escenario en el cual el trabajo asalariado formal como lo conocíamos entró en crisis. ¿Dónde estamos los trabajadores y las trabajadoras de hoy? ¿Cómo los organizamos en un mundo en el que la vida se precariza de forma acelerada?

Sin Marx todas esas preguntas no existirían. Marx nos enseñó a preguntar: ¿Si cambió el capital, cómo cambió el trabajo? ¿Si cambió la forma en la que ellos hacen política, cómo cambiamos nosotros, nosotras? Hay un sujeto político más flexible, desterritorializado, desapegado de marcos organizativos tradicionales, que adquiere identidades políticas culturales por encima de su situación económica objetiva, que pone el cuerpo para nuevas luchas: estamos obligados y obligadas a recuperar una la filosofía de la praxis como único camino de emancipación.

  1. Porque fundó el sueño de la revolución. Hoy quienes optamos por construir un quehacer político emancipador y un nuevo pensamiento crítico que nos permita enfrentar con éxito las batallas del siglo XXI, no podemos dejar preguntarnos qué hacer y qué no hacer para transformar eso que llamamos mundo. Marx nos enseñó que la revolución es todo lo contrario al mundo que conocemos hoy. Claro que no paramos de ponerle nombres: le llamamos comunismo, socialismo, patria liberada, etc. Hemos atravesado y seguiremos atravesando debates. Lo único que sí está claro es que en el mundo que queremos construir el sujeto es colectivo y hay igualdad en la diversidad: de cada quien según su capacidad y a cada quien según su necesidad. Esa premisa, tan maravillosa como simple, está detrás de los campesinos y las campesinas que luchan por reforma agraria y popular en América Latina; detrás de los pueblos indígenas que luchan contra el racismo y el despojo de su cultura; detrás de las comunidades LGTBIQ que son silenciadas, violentadas y privadas de derechos; detrás de todas las luchas ambientalistas que defienden los bienes comunes que algunos quieren privatizar o destruir.

En cada patria hemos luchado de forma distinta. Y cada corriente política y social ha podido leer en Marx cosas distintas. Fue dogma, fue potencia, fue herramienta de intereses de todo tipo. Pero tenía razón, porque aunque no lo vayamos a ver, la tierra será el paraíso de toda la humanidad.

*Marina Cardelli es lingüista (UBA) y becaria CONICET

*Nahuel Sosa es sociólogo (UBA) y docente universitario

 
Compartí este post: