Levantarse, crear y vencer

Cambiemos amenaza con crecer como fuerza hegemónica, controlando las riendas de todos los poderes del Estado. Eso pone a las fuerzas populares ante el paradigma de la unidad creativa contra un modelo de ajuste, endeudamiento y saqueo.

Por Mesa Nacional de Seamos Libres

Publicada en [R]umbo N°22

El domingo 13 de agosto el Gobierno logró un contundente triunfo. Más de 8 millones de argentinos y argentinas votaron por Cambiemos u opciones distritales que apoyan la gestión nacional. Esto representa cerca del 40% del padrón electoral, un 5% más de lo que obtuvo en las PASO de 2015. Como datos destacables: el peronismo perdió en provincias donde históricamente ganó como San Luis, Córdoba, Entre Ríos, La Pampa y Santa Cruz; y Cambiemos ganó en 21 de las 24 capitales provinciales. Sin embargo, perdió, aunque muy ajustadamente, dos distritos centrales: la provincia de Buenos Aires y Santa Fe.

Los números explican poco por sí mismos sin el contexto, que les da sentido. El Gobierno ganó en el marco de una situación social y económica muy complicada: ajustó, precarizó y empobreció. La inflación fue de casi 70% en dos años, dejando atrás incluso a las mejores paritarias, destrozando las peores y elevando los niveles de pobreza e indigencia a índices similares a los de la década del noventa. Aplicó un modelo económico en beneficio del capital financiero y agroexportador que generó despidos y suspensiones. Encarceló a Milagro Sala, propició el 2x1 a genocidas y ya carga con una carátula de desaparición forzada: Santiago Maldonado.

En 20 meses la transferencia de recursos fue notable y en dos tiempos: primero hubo devaluación, tarifazo y eliminación de retenciones; después, paritarias a la baja por dos años consecutivos, toma de deuda –exorbitante, por cierto- y la instalación en la agenda de una reforma laboral para la generación de mayor rentabilidad empresarial. El Gobierno ganó las elecciones a pesar de ajustar durante casi dos años, provocando que la enorme mayoría de las argentinas y los argentinos perdiera muchas cosas. Ganó prometiendo el futuro.

Ante estos resultados, algunos sectores, entusiasmados, concluyeron que la mayoría del electorado no votó por Cambiemos y que eso era una buena noticia. Pero acomodar la realidad según nuestros deseos nunca fue una buena opción para transformarla. Esos análisis unen en sus cuentas lo que no hemos podido unir en política, porque tal vez sea imposible: la izquierda trotskista, el kirchnerismo en todas sus formas, las versiones más opositoras y más colaboracionistas del peronismo, todas las alternativas locales, fuertes o débiles, progresistas o conservadoras, los votos en blanco y los impugnados.

Otro análisis posible, que también es sostenido por varios sectores, es concentrar nuestra mirada solo en los distritos importantes en los que Cambiemos no ganó y darle a esas victorias una épica triunfal que poco tiene que ver con el mensaje que dieron las urnas. Confesamos, con sinceridad, que estas hipótesis exitistas son aliviadoras, porque demuestran que nuestra esperanza goza de buena salud. Sin embargo preferimos, y disculpen nuestro pesimismo coyuntural, asumir que desde el campo nacional y popular que defendió un nuevo proyecto para la Argentina y para la región no pudimos construir opciones electorales atractivas para la etapa y hemos tenido una mala elección.

DIAGNÓSTICO POPULAR.

No la tenemos fácil. Cada vez se hace más cuesta arriba diagnosticar en profundidad y con honestidad la realidad, condición indispensable para construir una política distinta, porque necesitamos que sea distinta. Al respecto, estas semanas hemos visto crecer un debate público sobre el fenómeno Cambiemos, que hoy gobierna los cuatro poderes de la República – a estas alturas, contemos el mediático- y avanza en la construcción de una nueva hegemonía. Es central darnos las discusiones que sean necesarias y preguntarnos qué es lo que no estamos entendiendo, qué fibras sensibles son las que ha alcanzado y por qué.

Nos sumamos a la idea de que Cambiemos es hoy la vanguardia de la nueva derecha en América Latina, que despliega estrategias de acercamiento y contención de las mayorías de un modo inédito y que poco se parece en el ejercicio del poder a esa vieja derecha dinosauria que supimos conocer. Después de casi 15 años de construir unidad latinoamericana contra un capitalismo cada vez más depredador, de haber sentido que el futuro estaba, efectivamente, en nuestras manos, hoy somos criminalizados, silenciados y bastardeados por esos dueños del capital internacional y su forma heterodoxa de vengarse.

UNA LUCHA POLÍTICA.

Hay una marca de época: la política y los medios pueden afirmar verdades sin dar prueba de ellas. Y su superficialidad contamina lo que toca. Todos los días vemos que entre fuerzas políticas compañeras hay más canibalismo que debate fraterno. Se engrosa el peligroso ejército de activistas enojados y resentidos con un pueblo que, después de una etapa de recuperación de derechos, soberanía y dignidad vota CEOs que prometen que a la felicidad y al éxito se puede llegar haciendo méritos. Tenemos que estar por encima de esa batalla frontal que la cultura Cambiemos tiene contra la política como una herramienta de transformación. Esa es la medida de nuestra lucha. Estamos perdiendo elecciones contra una clase política profesional que aparenta no serlo; que supo instalarse como la modernidad en términos de política y de gestión del Estado. No son globoludos, ni ellos ni sus votantes: ni los empresarios que gobiernan ni los trabajadores y trabajadoras de nuestro pueblo que los votan.

Tenemos que animarnos a crear una nueva forma de entendernos con la política para enfrentarnos a la hegemonía PRO. No podemos anteponerle conservación: si la única alternativa que encontramos es la preservación de las viejas lógicas y estructuras no vamos a poder sobreponernos a una derecha que expresa a los mismos sectores de siempre, pero que encontró una forma nueva de ejercer el poder y construir consenso. Tenemos hacia adelante dos opciones: verlos gobernar con resignación y regalarles el control de los poderes fácticos y de su modernización neoliberal o asumir el desafío de pensar y desarrollar una política integral y novedosa para terminar con el neoliberalismo en nuestro país. Una política que pueda fortalecer aún más la unidad que hemos logrado construir en la calle –diversa, política e ideológicamente multireferencial y multisectorial- pero que también pueda expresar esa unidad como no logramos expresarla esta vez: en términos políticos y electorales. Una unidad que no sea a la vieja usanza, sino que se anime a explorar, a crear y, sobre todo, a desobedecer.

Octubre no será lo que nos hubiera gustado. Pero tenemos que ir a ganar. Ganar en unidad, en descontento social, en esperanza. Sigue siendo central que el Gobierno no construya más legitimidad de la que tiene. Sigue siendo central votar contra el Gobierno para que no salga fortalecido, para que no pueda profundizar un rumbo económico de pobreza y de saqueo. Por eso vamos a votar en todo el país, en cada una de las 24 provincias, a las fuerzas nacionales y populares que sean realmente opositoras y que tengan vocación de construir mayoría después de octubre. Si somos capaces de creer que es posible, nos queda todo por ganar.

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