Los niños escriben en el cielo

Ismael Ramírez tenía 13 años cuando una bala, cuya procedencia aún se investiga, lo asesinó. Solamente pasaba por ¿un saqueo? ¿O una manifestación? Los medios y hasta voceros oficiales lo etiquetaron como un pibe chorro. No lo era. Pero no les importó.

Por Facundo Denmon

El martes por la madrugada comenzó a circular en portales información sobre un pibe de 13 años asesinado en el marco de la represión a un intento de saqueo en Sáenz Peña, Chaco. Para la mañana del martes ya no había alma sin conocer la horrible noticia. Para el mediodía, los mismos portales que difundieron la noticia comenzaron a circular fotos de “Ismael Ramirez”. Fotos con armas. Textos suyos haciendo referencia a delitos y drogas. Ismael, ya era, según los comunicadores y formadores de opinión, un pibe chorro más de esta miserable Argentina.

Muy lejos de mostrar sensibilidad y cautela, desde el Gobierno se subieron a una ola de acusaciones y desinformación. Ahí apareció Yamil Santoro, un joven funcionario PRO pero que de joven tiene tan solo la edad, festejando a las fuerzas de seguridad. “Una persona abatida mientras trata de robarle a otro sea de forma individual o en banda, en la calle en un atraco o en un saqueo, es alcanzada por la cobertura de la legítima defensa. El Derecho banca al defensor”. Más allá de la discusión jurídica de si hay alguna razonabilidad en la respuesta de la policía a asesinar frente a un robo (¿qué “legítima defensa” hay, por ejemplo, en matar a alguien que roba desarmado?), vuelve a expresar y fomentar la doctrina Chocobar, la que instala la ministra Patricia Bullrich en las fuerzas de seguridad y la que respalda el propio presidente, Mauricio Macri, recibiendo al policía de gatillo fácil en la mismísima Casa Rosada.

No podía faltar Patricia Bullrich y sus disparates. Según la ministra, los saqueos son una especie de “guerra de guerrillas”. Como si estuviéramos en los 70.  No es casual: todos sabemos cuál fue la respuesta del Estado en esa década.

La respuesta a este circo mediático y oficial primero vino de la maestra de Ismael quien,  mientras transitaba su duelo, se vio forzada a poner luz a tanta oscuridad. Las fotos que circulaban no eran de Ismael. Eran de otro pibe. “Esto no tendría que estar pasando, porque Ismael era un niño, un niño muy querido, un niño muy bueno, un niño con sueños”, escribió. “Y encima de este dolor por su muerte -completó-, hay que aguantar que se digan un montón de mentiras.”

En su carta, habla de derechos, de sueños, de dignidad, de discriminación a los pueblos originarios y, sobre todo, habla de respeto a una familia que transita una pérdida.

A medida que pasan los días, la información es cada vez más confusa. No hay claridad sobre quién disparó. Si la policía o un manifestante. Tampoco hay claridad sobre el conflicto que se desarrollaba en Saenz Peña, si era un saqueo o si era una manifestación.

Hay algunas certezas. Ismael, negro, pobre, qom, no era el de las fotos que circularon. Ni siquiera participaba del enfrentamiento, simplemente “pasaba por ahí” con su hermano.

La crisis se siente con fuerza. Mientras el hambre crece en casi todo el país, la desintegración social se expande. Cada día es peor. Y cada día ocurren más hechos como estos. Ocultarlos, camuflarlos, no es la respuesta que necesitamos. Para afrontarlos, hay que cambiar este modelo económico de exclusión. Un modelo que no considera la existencia de chicos como Ismael. A los negros. A los pobres.

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