"Queremos armar nuestra memoria, para que sea una verdad y lograr justicia"

La fundadora del Archivo de la Memoria Trans y de la ATTTA, cuenta la tarea de construir una memoria trans colectiva y sobre la importancia de las redes de sostén para la resistencia.

Entrevista a María Belén Correa

Por Paula Banegas y Macarena Morettini

Publicada en [R]umbo N°25

¿Cómo empezó el archivo?

Con Claudia Pía Baudracco, fundadora de la Asociación de Travestis, Transexuales y Transgéneros de Argentina (ATTTA), siempre tuvimos la vocación de juntar a las exiliadas, las que se habían perdido, las que estaban dispersas por el mundo, pero manejábamos la actualidad, no el pasado. En 2010 se sancionó la Ley Nacional de Matrimonio Igualitario y en 2012 la Ley de Identidad de Género. Ella muere meses antes de que fuera sancionada la ley, falleció sin tener su DNI. Cuando murió la familia me dio sus cosas: su caja con fotos, su colgante, su biblioteca, y me entregó las cenizas de Pía porque sabían qué relación teníamos. A partir de ahí se armó un grupo cerrado de Facebook. Entre los contactos y el boca a boca se empezaron a unir chicas y a compartir fotos -mal sacadas, con un dedo, un flash-, pero que servían de disparador para las anécdotas y recuerdos, para relevar quiénes estaban vivas, quienes no estaban, reencontrarse.

¿Y entonces?

Conozco a la fotógrafa Cecilia Estalles. Ella estaba haciendo un proyecto sobre distintos casos de chicas asesinadas y eligió el de Gina Vivanco, que fue asesinada en 1991 por la policía. Yo la contacté con su hermana biológica trans, y con Carlos que era amigo íntimo, y se filmó el documental De la misma especie. Esa película fue el inicio de la unión entre Cecilia y el archivo. A partir de ahí Cecilia se enamoró del proyecto y empezó a mostrarnos cómo había que escanear para armar un archivo profesional. Nuestro primer objetivo era la reunión familiar, encontrarnos y saber qué es lo que ha pasado con cada una de nosotras.

¿Cómo surge la idea de pasar de lo virtual a la muestra?

En el momento en que Cecilia entró al grupo y nos mostró que lo que nosotras estábamos haciendo no era solamente arte, sino que eran cosas e imágenes que no se habían visto nunca. Empezamos a escanear la caja de Pía y contactamos a distintas chicas que se interesaron en el proyecto. Empezaron a capacitarse en la tarea de la digitalización y las anécdotas. Se empezó a armar una red de trabajo, pasaron tres años de escaneo y hace ocho meses tuvimos la posibilidad de presentar un legajo para hacer la muestra.

La muestra sirve también para pensar la actualidad o las reivindicaciones pendientes.

Nosotras creemos que este fue el activismo antes del activismo. En los noventa comienza el activismo, las chicas con banderas, logos, organizadas. Antes las organizaciones estaban pero eran una asociación familiar, de cuidado ante la violencia policial.

Muchas fueron expulsadas de sus familias. ¿Cómo eran las redes de afecto que tejían entre ustedes?

Imaginate a los 14 años, expulsada de tu casa, con suerte tenías un bolsito, y en la calle te encontrabas con otra mayor que a lo mejor te decía “bueno, venite a dormir a mi casa”. Y te contactaba para que te alquilaras un cuartito de hotel. Entonces ya estabas viviendo en el cuartito de al lado y a lo mejor en todo ese hotel vivían en su mayoría chicas trans.

¿Y antes?

En los sesenta, los setenta y los ochenta la única opción era vivir en un gueto en las villas miserias, por más que tuvieras familia, porque en tu casa te hacían el “operativo cansancio”, que consistía en tener un patrullero constantemente en la puerta. En algún momento ibas a salir, pero para no perjudicar a tu familia preferías irte a vivir a un gueto con otras chicas en Villa Madero, en la villa de Don Torcuato.

¿A qué llaman exactamente “el exilio”?

Irme porque me matan. Depende de la década, en los sesenta o los setenta te cruzabas a Brasil, te cruzabas a Uruguay o, la que tenía un poco más de dinero, se iba para Europa. Tenías que disfrazarte para poder salir, porque no se te daba ni siquiera tu pasaporte. Había chicas que se tenían que hacer crecer la barba, disfrazarse de hombres, incluso ir fajadas. Si te descubrían tampoco te dejaban entrar a Europa. En la época de la dictadura, una vez que entrabas, podías hacer el trámite de asilo político, el cual se te podía otorgar o no. Yo fui la única que tuve asilo político en Estados Unidos durante la democracia, me lo dieron en 2004, en el mismo momento en que acá estaban inaugurando un hotel cinco estrellas gay y que estaba entrando el crucero gay a la Argentina. Lo logré porque yo era presidenta ATTTA y tuve muchísimas pruebas para presentar, era imposible sino.

¿Exponer en el Espacio para la Memoria implica abrir un proceso de memoria, verdad y justicia trans?

Claro, porque cuando enterraban a alguien como NN, o cuando había un desaparecido siempre había una familia que te reclamaba. Por nosotras no reclamaba nadie y las únicas que sabíamos éramos nosotras. Lo que estamos haciendo ahora es tratar de tomar ese rol de familia y empezar a denunciar, a recordar para armar nuestra memoria, para que sea una verdad y lograr justicia. Nosotras recién estamos en la primera etapa, la memoria.

¿Y la verdad y la justicia?

Un poco de verdad es lo que estamos exponiendo en este lugar con la muestra, ante los grupos de Derechos Humanos que ahora reconocen esa verdad. Y justicia... quedan muy pocas que son sobrevivientes, quizás la justicia sea que se acuerden y sepan qué fue lo que pasó.

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