Una respuesta política

La histórica y multitudinaria Marcha del Orgullo visibilizó la conflictividad de las disidencias, en un proceso de claro retroceso social y político, por el avance conservador en la Argentina y en el resto de la región.

Por Hugo Mangione

“El orgullo como respuesta política” fue el título utilizado en las redes sociales por el diputado nacional Leo Grosso para salir del closet como marica, en referencia a la misma frase dicha por el activista Carlos Jáuregui en los noventa. No fue mera coincidencia que haya elegido la XXVII Marcha del Orgullo LGBTIQ en la Ciudad de Buenos Aires para que tenga lugar ese hecho político. Porque toda salida del closet es un hecho político.

Seguramente para Leo esta marcha fue única, porque siempre la primera fuera del closet lo es. Pero no lo fue solo para él, o porque por primera vez en la historia de nuestro país un diputado nacional se declara abiertamente marica. Esta Marcha del Orgullo fue única e histórica, además de multitudinaria, por el contexto en el que se da y por su relevancia política.

2018 fue un año en el que la agenda política la marcaron fuertemente los feminismos. La marea verde inundó las calles, los transportes públicos, los colegios secundarios, las universidades y hasta la Cámara de Diputados en la lucha por el aborto legal, seguro y gratuito.

Las fuertes presiones de las cúpulas de la Iglesia, en su embate por anular la conquista de las personas gestantes en su derecho a decidir, visibilizó e impulsó la lucha por la separación de la Iglesia del Estado, cristalizándose en la incorporación del pañuelo naranja, junto al verde.

Pero el movimiento antiderechos, con la incorporación de un nuevo sujeto, el sector evangélico -con amplia base social-, impulsó la campaña “con mis hijos no te metas”, con la que declaró la guerra a la ley de Educación Sexual Integral (ESI), pilar fundamental para el cambio cultural que las disidencias añoramos.

El auge del conservadurismo en la Argentina, como contracara de la irrupción de los feminismos en la arena política, es acompañado con la legitimidad otorgada por la vuelta del neoliberalismo en la región, con Mauricio Macri como expresión local y con el triunfo de figuras como Sebastián Piñera en Chile o el ultraderechista, xenófobo y homofóbico Jair Bolsonaro en Brasil.

Las disidencias somos totalmente perjudicadas y las más golpeadas por este contexto de retroceso de derechos que lleva al aumento de la violencia y discriminación hacia nosotres. Los ajustes presupuestarios pesan sobre nuestras vidas. Nuestras existencias no son posibles en años donde el ajuste y la pobreza van en aumento y las oportunidades y derechos, en retroceso.

Ante esta realidad, la Marcha del Orgullo se constituyó como expresión y canalización de nuestros reclamos con fuertes consignas al grito de ¡No al ajuste, la violencia y la discriminación! ¡Macri y la Iglesia son anti-derechos!".

En nuestro país y la región, las personas trans y travestis son una de las identidades más violentadas. Tienen un promedio de 35 a 40 años de vida, la mitad de la expectativa de vida de la sociedad en general, como consecuencia de la violencia y discriminación, agravadas por la ausencia de políticas públicas para garantizar su existencia.

En un año donde por primera vez en la historia fue reconocida la figura del travesticidio, ante el asesinato de Diana Sacayán la consigna central fue:"¡Basta de genocidio trans-travesti!, con el objetivo de responsabilizar al Estado por las muertes evitables.

Por todo ello, una vez más, las disidencias sexuales disputamos el espacio público que no nos pertenece en la cotidianeidad, para dar una demostración de existencia, alzar nuestra voz en un grito colectivo y de la manera en que mejor lo sabemos hacer: con música, baile, mucho glitter y, por sobre todo, mucho orgullo.

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