Viaje al centro de esa dimensión convulsionada llamada CGT

El proceso de unidad del movimiento obrero, inmaduro y trabado, suma actores e influencias. El moyanismo acciona con la CTA, mientras la CTEP busca formar parte de la reconstrucción orgánica de la central y utilizarla como herramienta en defensa de los trabajadores.

Por Marina Cardelli

Publicada en [R]umbo N°27

El crecimiento sostenido de la CTEP y la instalación del tridente de los movimientos sociales, junto a la CCC y Barrios de Pie, ha transformado radicalmente el debate en el movimiento obrero de los últimos años y, especialmente, en estos últimos meses. Además de haber sostenido una pelea sistemática contra la política de ajuste del Gobierno y de no haber abandonado ni la calle ni la negociación en ningún momento, ha logrado ser un eje exterior de unidad que aporta legitimidad y amplitud a todas las protestas que la tienen de invitada. No es casualidad: organiza un sector que, además de ser el más golpeado, crece sostenidamente y es producto directo de las nuevas formas de organización del trabajo en la Argentina y en el mundo. La CGT, que es un elemento de poder real y de capacidad de negociación inigualable, entendió que sin política y diálogo con la economía popular no está hablando con una porción demasiado importante de los trabajadores y trabajadoras del país. En la CGT saben mejor que nadie que los trabajadores conveniados y el techo salarial del 15% propuesto por Casa Rosada es solo una parte del movimiento obrero. Y que la economía popular representa hoy a una gran cantidad de trabajadores que están construyendo su propia representatividad sin relegar su necesidad de sindicalizarse.

La CTEP se fundó en 2011 y en su declaración fundacional sostiene la reunificación del movimiento de los trabajadores. Esa misma perspectiva guía hoy el debate por la incorporación de todos los actores del tridente a la CTEP, como herramienta gremial superior desde un punto de vista organizativo, pero no solamente. Desde el principio se sostuvo el objetivo de incorporarla dentro del movimiento obrero organizado, lo que implica la solicitud a la CGT para ser admitida dentro de su estructura orgánica. Ese camino está iniciado y en proceso de diálogo. El ensanchamiento de la CTEP y su ingreso a la CGT, sumado a una política sostenida de unidad entre las CTA, abre un panorama de unidad del movimiento obrero inédito en la Argentina.

El moyanismo –representado por Juan Carlos Schmid–, la vieja CGT oficial –con Héctor Daer- y la línea barrionuevista -expresada por Carlos Acuña- no han tenido años de paz. Como era de esperar, han desarrollado políticas diferentes y los conflictos crecieron cuando tuvo que enfrentar las políticas del Gobierno macrista.

Una vez ganadas las elecciones de octubre, el oficialismo lanzó su proyecto de reforma laboral, que estaba aguardando una coyuntura adecuada para salir a la luz. Las contradicciones internas en la conducción de la CGT comenzaron a hacerse evidentes frente a ese proyecto. Sus 145 artículos confirman que no fue escrito de la noche a la mañana. El pico de las tensiones internas fue el verano: una porción importante de los sindicatos que conforman la CGT no convocó a la movilización en contra de la reforma previsional cuando el proyecto se trató en la Cámara de Diputados. Ese día, Pablo Moyano agitó la interna, y vinculó a la conducción cegetista con los noventa y a la “ley Banelco”. No fueron ingenuas sus palabras. En el aire empezó a flotar el recuerdo del viejo Movimiento de los Trabajadores Argentinos (MTA).

Unos días más tarde y en un contexto de enorme represión a las movilizaciones callejeras, “gordos” e “independientes” hicieron oídos sordos a las decisiones que el propio consejo directivo de la central había convocado: un paro de la CGT que quedó a mitad de camino luego de la sanción de la reforma previsional. Actitud poco orgánica que dejó en evidencia lo que ya se sabía: el triunvirato de la CGT no podía sostenerse ni siquiera para mantener las formas.

EL DEDO PRO.

Hay un estilo propio de Cambiemos para enfrentarse con el sindicalismo: la gente delgada, de ropa fresca y temperamento civilizado señala a las “mafias” que extorsionan la vida democrática. En 2016 fue el dirigente docente Roberto Baradel; en 2017 fueron los mapuches de la RAM; en 2018 le tocó a la familia Moyano poner su cara en el blanco PRO.

La demonización arrancó temprano, en enero ya era uno de los principales temas de actualidad. El 21 de febrero, una marcha masiva que unificó a las dos CTA, la CTEP, la Corriente Federal de Trabajadores (CFT) y a Camioneros, pero que no acompañó gran parte de la CGT, fue un elemento de tensión grande. Ante la negativa de la conducción cegetista a integrarse a la movilización, Pablo Moyano renunció a su cargo de secretario gremial. Declaró que no estaba de acuerdo con la con ducción porque no representaba los intereses de los trabajadores ni sus demandas; que los dirigentes están en las antípodas de la lucha obrera porque entregan a los trabajadores ante la reforma flexibilizadora de Mauricio Macri y no enfrentan la precarización, los despidos, las suspensiones.

Ante semejantes declaraciones, parecía que la CGT se encaminaba a construir la unidad sin Moyanos a la vista, pero las apariencias engañaron. Finalmente Camioneros no se retiró de ningún lado y la CGT sigue siendo una sola. Le queda por delante un arduo proceso de elección de nuevas autoridades en el que no está claro que sus sectores internos sean tres. Eso sí: Luis Barrionuevo juega en todas las canchas y estrena camiseta de interventor en el Partido Justicialista. Paradojas si las hay, la unidad de la CGT se está basando en su cada vez mayor fragmentación interna

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