Volvamos a hablar del faso

La aprobación del uso medicinal de la marihuana reinstaló un debate que el poder económico, político y judicial prefiere silenciar: El paradigma prohibicionista y punitivo del consumo de drogas que atropella derechos sociales.

Por Magdalena Vallarino

Publicada en [R]umbo N°20

La sanción de la Ley 27.350 sobre uso medicinal del cannabis, sancionada por el Congreso Nacional el 29 de marzo y aún no reglamentada, reflotó desde una perspectiva novedosa la discusión sobre la legalización de la marihuana en nuestro país. Existen, al menos, dos modos de encarar esta discusión desde el campo de la salud: Regular el cannabis para uso medicinal para respetar el derecho a la salud de enfermos crónicos; o legalizar la marihuana para favorecer el acceso a la salud de los usuarios de drogas, entre ellos quienes padecen una enfermedad crónica. La primera idea es una potente puerta de entrada para generar información científica y dar con mayor legitimidad el debate sobre la segunda, que en definitiva es la discusión de fondo. Pero no es menor, es una batalla ganada o más bien una defensa con contraataque.

Un malflash

La construcción social de “la droga” como un problema no tiene fundamentos sanitarios, sino económicos y políticos: A partir de la Primera Conferencia de Shangai en 1909, que establece regulaciones sobre el opio a instancias de Estados Unidos, fue en aumento la preocupación por regular la producción, el tráfico y el consumo de las distintas sustancias psicoactivas –se incluye entre ellas a la planta de cannabis-, dando lugar a normativas cada vez más duras. La Convención Única sobre Estupefacientes de 1961 puede mencionarse como el hito fundamental del paradigma floreciente del prohibicionismo. Allí se clasificaron las distintas sustancias en cuatro listas -de las más peligrosas a las menos peligrosas- utilizando como criterio el uso médico de las mismas y, por ende, su posibilidad de comercialización. Sobre las premisas cristalizadas en esta convención se monta la doctrina de seguridad imperialista que posteriormente el presidente de Estados Unidos Richard Nixon popularizó como “guerra contra las drogas”.

A partir de allí se derrama hacia América Latina esta ideología. En Argentina, luego de sucesivas normas cada vez más ancladas en este paradigma, la ley 23.737 de 1989 incorpora la figura de “medida de seguridad curativa”. Dicha figura dio lugar a un sinnúmero de internaciones forzadas y otras violaciones a los Derechos Humanos llevadas a cabo en los tratamientos, consecuencia de la estigmatización de los usuarios y el desconocimiento de sus necesidades de salud. Se instaló así una grave confusión entre los problemas de seguridad ligados al narcotráfico y el problema de salud que significan los consumos problemáticos.

La marihuana tiene en su historia puntos en común con otras sustancias psicoactivas. No obstante, la discusión sobre la despenalización del uso medicinal abre otros horizontes, que fueron desterrados de la letra de la ley en pos de su rápida y unánime aprobación. La posibilidad que ofrece la planta de ser autocultivada o cultivarse solidariamente rompe con la lógica capitalista, permite otras formas de circulación que ayudarían a regular el mercado y a insertarla en un nuevo modo de vincularse entre las personas. De allí su potencialidad y su amenaza para las redes de narcotráfico y los funcionarios políticos, judiciales y fuerzas de seguridad que han hecho del mercado clandestino unnegocio muy rentable. Y para la industria farmacéutica, que podría ver perjudicado el suyo.

En todos los colores

El impacto del paradigma prohibicionista sobre la salud fue catastrófico. La representación de los usuarios como delincuentes y la clandestinidad de sus prácticas provocaron su exclusión de los servicios de salud. Si bien esto está cambiando paulatinamente, el consumo de sustancias es aún hoy criterio de exclusión de muchos tratamientos de salud mental. Y la admisión está sujeta a la paradójica condición de la abstinencia, cuando justamente están buscando ayuda para esto. Escasean los dispositivos que pueden proveer respuestas adecuadas y eficaces a los distintos modos en que las personas se vinculan con las drogas en diferentes contextos.

Los daños asociados a la adulteración de los productos que circulan en el mercado ilegal y la falta de información sobre los mismos que permitan el cuidado de la salud, constituyen severas violaciones a los derechos de la población. La sanción de la tenencia de estupefacientes para consumo personal establecida en la ley 23.737 provoca una catarata de detenciones y causas judiciales que no conducen a ningún lado, pero que abarrotan los juzgados y someten a las personas a laberintos judiciales que convierten sus vidas en un infierno.

Para avanzar hacia políticas de salud guiadas por un enfoque de derechos, deberían prevalecer los derechos universales por sobre las prestaciones mínimas, una visión intersectorial de las políticas en salud por sobre la sectorial, una visión integral de la salud por sobre una visión biologicista, relaciones democráticas por sobre las autoritarias. No podemos pensar que esto es posible dentro del marco normativo vigente. Otro paradigma para abordar esta temática, opuesto al prohibicionismo, es el de Reducción de Riesgos y Daños que postula la necesidad de contar con pluralidad de dispositivos terapéuticos, a los que puedan acceder tanto quienes desean abandonar el consumo, como quienes quieren reducir los riesgos que lo acompañan. Esta perspectiva implica aceptar que un mundo sin drogas no sólo es imposible, sino que tampoco es deseable, porque impide el avance de potenciales beneficios científicos y deja a un montón de gente afuera.

La lucha por la despenalización del uso medicinal de la marihuana interpela al modelo médico tradicional al reivindicar la autodeterminación de los pacientes y sus familias para decidir sobre sus tratamientos. También llegó para derribar prejuicios poniendo en el centro de la escena y aliadas a las organizaciones cannábicas a las madres de niños con autismo, epilepsia refractaria y otras enfermedades críticas. Es una respuesta inesperada para las muchas voces desesperadas que impulsan un cambio definitivo de paradigma. El viaje se ha iniciado y nada podrá detenerlo.

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